La Noche de las Ánimas en Janitzio

Un cuento de Día de Muertos en Michoacán

En el corazón de Michoacán hay un lago azul llamado Pátzcuaro, y en medio del lago flota una isla pequeña como una tortuga dormida: Janitzio. Ahí vive Xarén, una niña de nueve años que tiene el cabello negro como la noche y una abuela que huele a copal y a pan recién horneado: Nana Kukundí.

Cada año, cuando los árboles empiezan a soltar sus hojas, Nana Kukundí abre un baúl de madera que cruje como un grillo viejo. De ahí saca velas, retratos amarillentos, un mantel bordado con mariposas y un montón de flores anaranjadas que parecen pequeños soles: cempasúchil.

—Nana, ¿por qué ponemos tantas flores? —pregunta Xarén.

—Porque las ánimas necesitan un camino de luz para encontrar su casa —responde la abuela—. Las ánimas no vienen a asustarnos, mi niña. Vienen a visitarnos. Y nosotros les abrimos la puerta con flores, comida y memoria.

Juntas arman la ofrenda sobre una mesa cubierta con manteles blancos. Arriba, un arco de cempasúchil. En medio, las fotografías de los abuelos, del tío que tocaba la guitarra y de la bisabuela que reía con toda la boca. Alrededor, la comida que ellos tanto querían: corundas y uchepos (tamales michoacanos envueltos en hoja de maíz), pan de muerto con azúcar, calabaza en tacha, plátanos, naranjas y un pocillo de agua para el que llega con sed.

—Nunca debe faltar el agua, ni la sal, ni la luz de las velas —dice la abuela—. Y nunca debe faltar el nombre. Mientras decimos su nombre en voz alta, ellos siguen aquí.

La noche del primero de noviembre, Janitzio se llena de luces. Xarén se sube a la canoa de su tío y sale al lago. Decenas de pescadores reman despacio, en silencio, con antorchas encendidas y sus redes de mariposa levantadas como alas. Las llamas tiemblan sobre el agua y el lago entero parece un cielo al revés.

En el panteón, las familias velan a sus muertos. No hay llanto: hay comida, hay risas, hay música. En la plaza, unos muchachos bailan el torito de petate, un torito de tela y carrizo que corretea a los niños y los hace gritar de risa. Las campanas suenan, el copal perfuma el aire y el cempasúchil brilla como si estuviera encendido por dentro.

Xarén se sienta junto a su abuela, frente a la ofrenda, y mira la fotografía de la bisabuela. Por un instante le parece que la señora de la foto sonríe un poquito más.

—Nana, ¿y si algún día yo no estoy? —pregunta bajito.

La abuela le acaricia la cabeza.

—Entonces alguien pondrá tu nombre en una ofrenda, y una niña como tú preguntará quién fuiste. Y tú volverás, Xarén. Volverás cada año, en el olor del pan y en el color de las flores.

Cuando el sol empieza a salir sobre el lago de Pátzcuaro, las velas se apagan una por una. Las ánimas regresan. Pero Xarén ya sabe el secreto: recordar a los que queremos es la manera más bonita de no dejarlos ir nunca.

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