🧩 El caso de Mateo y el 5° A
En la Escuela Primaria Profr. Rafael Ramírez, el salón de 5° A era conocido por ser un grupo unido, pero había una situación que cada día tensaba más el ambiente.
Mateo era un niño noble, de esos que si veían una libreta olvidada en el escritorio, se levantaba como un resorte para devolverla. Sin embargo, tenía grandes dificultades para aprender y concentrarse. Olvidaba su número de lista de un momento a otro, y con frecuencia pedía a sus compañeros probar su comida o mirar de cerca algún útil escolar que le gustaba. “¿Me das un poquito?”, preguntaba con su sonrisa sincera, sin notar que esa insistencia rompía la paciencia de los demás.
Una mañana, después de que Mateo preguntara por quinta vez a Mariana si le regalaba una calcomanía, varios niños estallaron. “¡Ya, Mateo, siempre estás pidiendo!”, reclamó Emiliano. Mateo bajó la mirada y se quedó callado, sin entender qué había hecho mal.
La maestra Carmen notó la tensión y propuso algo distinto: “En lugar de enojarnos, usemos el diálogo. Preguntémonos por qué ocurre esto y cómo podemos solucionarlo de manera pacífica y justa”. Así, durante la hora del círculo, cada quien pudo expresar cómo se sentía. Emiliano confesó que le molestaba compartir su almuerzo porque a veces se quedaba con hambre. Mateo, con los ojos aguados, explicó que le costaba recordar muchas cosas y que pedir objetos era su forma de sentirse cerca de sus amigos.
Al escucharlo, sus compañeros comprendieron algo importante: Mateo no quería molestar, solo necesitaba ayuda y comprensión. Juntos decidieron tres acuerdos justos:
1. Un compañero se convertiría en su “recordador amigo” para ayudarle con el número de lista y las tareas pendientes.
2. Crearon el “Rincón de la curiosidad”, una cajita donde todos podían colocar algún objeto o bocadillo que quisieran compartir, sin presión ni interrupciones.
3. Acordaron que, si alguien no quería compartir algo, diría “hoy no” con respeto, y Mateo lo aceptaría sin insistir.
El diálogo transformó la queja en soluciones. Con el tiempo, Mateo se sintió más seguro, y sus compañeros descubrieron que la paciencia y la empatía nacen cuando escuchamos de verdad.

