El pequeño pastor de Guelatao
Hace muchos años, en lo alto de las montañas del estado de Oaxaca, existía un pequeño y hermoso pueblo llamado San Pablo Guelatao. Este lugar estaba rodeado de un bosque verde, lleno de árboles enormes, canto de aves y aire puro. En el centro del pueblo, brillaba un lago de aguas cristalinas que reflejaba el cielo como si fuera un espejo gigante.
En ese tranquilo lugar nació un niño zapoteco llamado Benito. Lamentablemente, cuando Benito tenía tan solo tres años, se quedó huérfano y tuvo que irse a vivir con su tío Bernardino. En aquel entonces, Benito no hablaba español, su lengua materna era el zapoteco, el idioma de sus antepasados.
Todos los días, desde muy temprano, Benito llevaba a las ovejas de su tío a pastar cerca del lago. Mientras los animalitos comían, él se sentaba bajo la sombra de los árboles a observar la naturaleza. A veces tocaba una pequeña flauta de carrizo. Aunque era un niño humilde y su vida consistía en trabajar en el campo, Benito tenía una mente muy curiosa y un sueño que latía fuerte en su corazón: quería aprender a leer y escribir.
En su pequeño pueblo no había escuelas, y su tío, aunque era bueno, apenas podía enseñarle unas cuantas palabras en español. Un día, con tan solo 12 años, Benito comprendió que si se quedaba en Guelatao, nunca lograría su sueño. Así que tomó la decisión más valiente de su vida: despidió a sus queridas ovejas, miró por última vez el lago de su infancia y comenzó a caminar.
Caminó por días cruzando montañas y valles hasta llegar a la gran Ciudad de Oaxaca, donde buscó a su hermana mayor que trabajaba en una casa. Allí, como un niño que no sabía leer ni hablar bien el español, comenzó una nueva aventura. Ese pequeño pastor zapoteco estudió tanto y con tanta dedicación, que muchos años después se convertiría en Presidente de México y sería recordado como el Benemérito de las Américas.

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